La loca de los libros

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lunes, 28 de junio de 2021

Lecturas y reflexiones

 


Después de regresar de un viaje en el que siempre se tiene más tiempo para pensar y reflexionar sobre el día a día rutinario, vuelvo con esta disertación que esperemos no me quede demasiado profunda ni eterna. 

Sobre lecturas y escritura

Muchas veces no soy consciente de lo mucho que leo. Lo hago por placer, claro, porque me encanta y además escribir reseñas me ayuda a mantener siempre activa la vena de la escritura. 

En ocasiones siento que leo por encima de mis posibilidades.

Y sí, me embarco en varias lecturas distintas, de diferentes géneros, escritas por todo tipo de escritores: consagrados, amateur, de editoriales, de autopublicados... Todo lo que leo me influye a la hora de escribir, lo positivo y lo negativo, lo que está bien y lo que está mal, de alguna manera mis neuronas espejo funcionan a la perfección y "copian" o "replican" el estilo de escribir de otros. Eso no es algo malo, a escribir se aprende leyendo, pero lo que me ha ocurrido o la conclusión a la que he llegado, es que, en ocasiones, necesito leer libros que tengan que ver (más o menos) con lo que estoy escribiendo en ese momento, porque me ayuda.

 

Algunos de los libros que tenía intención de leer

Por ejemplo, ahora mismo estaba leyendo dos libros de fantasía épica, otro de ciencia ficción, otro de romántica, uno de distopía... y así. Tal vez lo que ocurre es que leo muchos libros a la vez. Algo que en general, no me supone ningún problema (después de pasar por la universidad y matricularme en doce asignaturas de varios libros "densos" cada una, mi habilidad para simultanear lecturas creció) sin embargo, bien mirado sí que es un problema.

Leo muchas más horas de las que escribo (sin duda alguna) y ahora siento que lo que esté leyendo (al menos en esta temporada, quién sabe más adelante) debe estar relacionado con lo que escribo, no que tenga que ser exactamente lo mismo, sino al menos algo de género similar, un estilo aproximado al mío (lo máximo posible) y sobre todo que esté muy cuidado en cuanto a edición.

Espero que nadie se ofenda por lo que voy a escribir a continuación, porque no estoy diciéndolo por nadie en particular, ni por los escritores que han escrito los libros que estaba leyendo en estos momentos.

Nadie tiene la culpa de mis paranoias mentales y mis cambios, pero está claro que cuando lees libros que contienen algunos "errores" al final todo se pega; los aciertos también, por cierto, aunque a veces no se vean tan fácilmente. Me cuesta mucho más escribir cuando leo muchos estilos diferentes y es una conclusión a la que he llegado dejando de leer varios días. Me ocurría lo mismo escribiendo "académicamente" si leía muchas obras y libros espesos acababa redactando igual, si en cambio eran más ligeros, mis artículos y trabajos también. Me resultaba más sencillo escribir en versión academia cuanto más leía, sí, pero a veces necesitaba distanciarme para escribir yo misma y no como otra persona.

Tampoco es que deba darle explicaciones a nadie sobre lo que hago y lo que dejo de hacer, solo a aquellos a los que le "prometí" una reseña, con los cuales contactaré próximamente.  

Con esto no quiero decir que vaya a dejar de leer, eso es imposible. Solo leeré un libro que ahora mismo "combina" con lo que estoy escribiendo. Se trata de Insomnia del viejo Stephen King (digo viejo no porque el señor esté mayor, que también, sino porque es de sus primeros años) como mucho seguiré releyendo La torre oscura, que ya iba por el tomo IV. Siento que King es mi "maestro en la lejanía" el hombre por el que empecé a escribir. "Yo también quiero escribir HISTORIAS como él lo hace" y lo pongo así en mayúsculas. Podrá gustar más o menos su manera de escribir, lo que cuenta y cómo lo hace, para mí es un creador de historias y eso es lo que yo quiero ser. 


Se puede aprender a escribir correctamente, tener un estilo propio, no tener errores de puntuación u ortografía, ser más o menos conciso, hacer capítulos más o menos cortos, a maquetar, mejorar las sinopsis... y un largo etcétera, pero lo que de verdad importa cuando escribimos es saber contar una historia, poder transmitir ALGO, lo que sea. 

Conclusiones

No quiero sonar soberbia, aunque sé que algunas personas tendrán esa opinión sobre mí. No dejo de leer lo que estaba leyendo porque sean malas historias o estén mal escritas. Dejo de leer porque no son lo que necesito en estos momentos de creación en los que me hallo inmersa. Una nueva novela que precisa de lecturas diferentes a las que estaba haciendo. Como dice el otro "hay un momento para cada cosa" y es cierto. Seguro que las retomaré más adelante, cuando la novela avance o incluso cuando termine de corregirla (sabe nadie cuándo será eso) A veces hay que parar y respirar, y decidir, al fin y al cabo, si leo porque me apetece, nadie me obliga a leer esto o lo otro (como ya dije a excepción de lo que leo para reseñar expresamente).

Si has llegado hasta aquí, gracias por leerme.

jueves, 4 de febrero de 2021

Desconexión cerebral | Novelas de más de 100 páginas



En estos días estoy terminando de editar la novela corta El reino de Cartón que saldrá próximamente y decidí mandarlo a imprimir para poder iniciar el REPASO FINAL que será el camino (espero) hacia la publicación definitiva.

Ya que enviaba ese archivo, me dije, ¿por qué no enviar algún otro borrador? Y así me dispuse a rebuscar en mi carpeta creada años atrás con el nombre ESCRITOS MONIKA FEREN. Bien. Allí dentro hay otras treinta y pico carpetas, cada una con una idea para una novela. Algunas con solo una frase, una suerte de sinopsis o ni tan siquiera eso. Luego están las que llevan bastante tiempo ahí esperando su turno... Casualmente, son en las que más he escrito, es decir, tienen más de 100 páginas de word (o Libreoffice 💕) 

Si lo viera desde fuera como espectadora me diría, ¡anda, pues qué tonta! Ya tienes bastantes páginas ¿por qué no trabajas en ellas y las terminas antes que ponerte con otras ideas? Una gran pregunta. Una difícil respuesta.

Hablando con mi hermana de porqué no seguí escribiendo en esas novelas en el momento en que pasaba de las 100 páginas, ella me dio una clave:

El cerebro no puede estar haciendo lo mismo durante mucho tiempo.

Divagaciones, pensé yo. Pero tal vez tenía razón. Cuando comencé a escribir "en serio" fue en 2006, más allá de aquella primera libreta en la que narré una historia creepy. De eso hace ya quince años que se dice pronto. Esa primera idea pasó de las 100 páginas, hoy la tengo ante mí. 

¿Qué pasó para que esa idea fuese abandonada en el más cruel silencio? Veréis... Otras ideas avanzaban por mi cerebro procrastinador por naturaleza y cuando llegué a un punto en esta novela en el que no sabía cómo continuar, entonces ocurrió. Otra idea llegó para quedarse.


Pero tampoco resultó. Y ya estábamos en 2009. ¿Qué había hecho todo ese tiempo con la anterior idea y la nueva? No lo sé. No trabajé en ellas, desde luego.

Otra cosa además de mi cerebro procrastinador por naturaleza es que escribo (o escribía) sin ningún tipo de esquema o apuntes sobre la trama, personajes... Lo que me llevaba a atascarme cada dos por tres, a olvidarme si llevaba tiempo sin estar en la novela y así.

Lo "único" que conseguí rematar con éxito fue una antología, porque eran relatos cortos a los que podía poner un ¿final? Ni siquiera eso porque después siguieron adelante.

En el Nanowrimo de 2015 escribí  a lo loco y sin pensar, lo bien que me lo pasé no tiene nombre y salió algo inesperado y también diferente a lo que había escrito, un poco de distopía y casi ciencia ficción.


Y ahí sigue esperando su final... En este caso, el caos es evidente. Multitud de personajes y escenarios que convergen en un mismo punto. Ahora intenta mover todo eso después de varios años sin estar metida en la novela, imposible. Necesita una revisión y sobre todo, ORGANIZACIÓN

En fin, que parece que mis ideas de más de 100 páginas están condenadas a la extinción... ¡O NO! Es hora de poner la maquinaria a trabajar y si el cerebro se queja tiene dos trabajos: quejarse y desquejarse 

¡A más ver!


miércoles, 28 de octubre de 2020

Reflexiones desde la trascendencia

 


Me levanté hoy dispuesta a volcar en esta entrada todos los pensamientos enredados que habitan en mi mente. Son las 13:17 del mediodía y lo único que he hecho es un poleo menta (no soy muy fan de las infusiones, pero cuando empieza el frío es la única manera de obligarme a beber agua para no deshidratarme). Todo lo malo es empezar, supongo. El caso es como poner orden en este caos mental (caso-caos-caso-caos) y que se entienda lo que quiero decir. ¿Qué lo entienda quién? Aquel que lo lea, por supuesto. Me preparo para una entrada larga, infinita, ecuménica que seguro no va a leer completa ni el tato y yo tan feliz (si acaso llegas al final, déjame un comentario para saber que estás ahí conmigo). 

Vengo a contar algo que tiene que ver con la escritura, con todos los proyectos que emprendo y rara vez acabo todo sea dicho de paso. Una sensación que me persigue desde hace unos meses, que no podía comprender y que al fin, tras tiempo de reflexión conmigo misma (mientras friego los cacharros sobre todo ¡abajo el lavavajillas!) puedo intentar echarla fuera cual bola de pelo gatuna. 

He solicitado audiencia con la Mónica del pasado, aquella que empezó a navegar por los lares de internet ya bien mayorcita. También con la Mónica del futuro. Estas dos no necesariamente tienen que estar adelante o atrás (futuro-pasado) quizá estén solo superpuestas mirándome con sendas caras de bobas y preguntándose: ¿qué estás haciendo con tu vida, Mónica del presente?

Me siento atrapada, como si alguien estuviese corriendo detrás de mí y yo me esforzase por correr y correr hacia ningún lugar. Sin duda no es más que una metáfora, nadie está corriendo pensando en atraparme (eso espero). No quiero ser un Leonardo di Caprio de la vida escapando de Tom Hanks (Catch me, if you can). Podría achacarse esta reflexión a que he entrado en los treinta y cinco años hace unos días, una buena cifra, pero lo cierto es que este runrun dentro de mí ya viene desde antes. 

En este año 2020 muchas personas piensan y reflexionan sobre temas en los que antes no reparaban, sobre todo por la pandemia que ahora nos acompaña y que no solo ha modificado nuestras vidas sanitariamente sino también social y culturalmente de una manera cada vez más progresiva. Es un tema que daría para otra entrada igual de extensa que esta. Sin embargo, mi reflexionitis aguda viene conmigo desde hace más tiempo que esta época #covid en la que nos planteamos qué será de nosotros en un futuro no muy lejano. En fin, que lo que quiero decir es que, es tan necesario reflexionar que deberíamos hacerlo todos los días y a todas horas. En la antigüedad, los filósofos salían a la calle a exponer sus pensamientos, sus creencias y extender sus teorías, quien sabe si acertadas o no, al menos comunicaban algo. Hoy, en la era de la comunicación por excelencia o al menos en la era de la accesibilidad a esa comunicación, hemos dejado de pensar. 

-¿Pero tú no ibas a hablar de escritura y esos menesteres? -pregunta la Mónica del pasado, siempre sonriente.
Sí, lo que ocurre es que se me mezclan los temas y creía necesario explicar porqué esta entrada tiene el título que tiene. Dicho lo cual puedo proseguir. Ahora son las 18:09 de la tarde. Dejé la entrada a medias, a medias como la mayoría de proyectos que inicio y voy a contar porqué. Verás, desde bien pequeña me han gustado multitud de cosas, a veces ninguna tiene que ver nada con la otra, que si música, que si lectura, que si escritura, que si me pongo a estudiar una carrera a los 26, que si investigación, que si criminología, que si programas de radio, talleres de escritura, lectura, reseñas y recomendaciones, que si instagram, fotografía, viajes, blogs... Podría seguir. El problema no es que me gusten diferentes temáticas o que tenga muchas aficiones ¡qué va! eso es solo una bendición, en mi opinión. El caso es que cuando estoy emprendiendo algo (como mi idea de crear un Océano Literario oh sí, con entrevistas a escritores, reseñas, tesoros y pamplinas) después ese algo se me queda grande, siento terriblemente como si un señor o señora con un látigo invisible estuviese detrás de mí diciendo:

¿Has escrito ya algo para el Océano Literario? ¿Has leído el libro? ¿Aún estás así? Hoy no has publicado nada. Las visualizaciones van de culo. Nadie te lee. Estás perdiendo el tiempo. ¿Qué haces que no estás con las cosas del Océano?

Y quien dice Océano dice cualquier otro asunto. Empecé a preguntarme si realmente lo que estaba haciendo era por gusto o era una obligación. Y sentí esto último.  Algo que me horrorizó demasiado, tanto como para llegar a la destrucción del Océano. Porque sí, aunque nadie me obligaba, yo lo sentía así, como "has creado esto, ahora ponte a trabajar en él". Creí que sería buena idea hacer un sitio más pequeño en donde subir las reseñas de los libros que iba leyendo, pero ¡sorpresa! me ha vuelto a pasar lo mismo. No disfruto leyendo, es como si viviera para el algoritmo. Lo cual me parece descabellado, quiero leer porque me gusta leer. Quiero disfrutar leyendo, no pensando en cómo voy a escribir la próxima reseña. No quiero estar pensando cada vez que leo, quiero poder incursionar en la historia sin buscar errores de trama o de estilo. 

Llegué a una conclusión muy verdadera: haces demasiadas cosas a la vez Mónica del presente. Y ya saben el dicho: el que mucho abarca poco aprieta. Creo que es tan cierto que no sé como no me lo he tatuado ya en alguna parte del cuerpo. Editando una novela, haciendo un curso de corrección de no sé qué y esperando por otro de desarrollo de videojuegos (¡ya ves!), pensando en crear un blog de antropología, proyectos de investigación, meterme en el nanowrimo con una historia sin preparar, gestionar el twitter, el facebook, el instagram y no solo los míos sino los de una banda de música... Tocar el piano, aprender a componer canciones, hacer un taller de escritura gratuito para escritores, publicar el libro de marketing, montar una antología de alguna temática en particular, escribir una novela en gallego, escribir post para la web principal (esta) cuidar de la casa, del gato, hacer la compra, cuidar del novio,  descansar... 

Está claro que lo que no he sabido hacer en toda la vida es organizarme. Siempre maravillada por como otras personas conseguían finalizar lo que empezaban o podían estar haciendo una única cosa al mismo tiempo y tan felices. Antes, y si no que lo diga la Mónica del pasado aquí presente, pensaba que no podía hacer solo una cosa sin aburrirme, es decir, creía que si me ponía solo a editar (por ejemplo) me iba a amargar y no podría continuar adelante. Hoy día, serán los 35, creo que lo mejor que se puede hacer es acabar una cosa y luego comenzar con la otra. No dudo de que se puedan gestionar varios asuntos al mismo tiempo y que se llegue a ser productivo, pero en mi caso he llegado a un punto de saturación tal que me he tenido que replantear: ¿qué demonios estás haciendo con tu vida?

Con la Mónica del futuro tuve la charla más seria. He estudiado una carrera y me he graduado, mi intención principal es descansar este curso de los estudios, en la medida de lo posible, y matricularme el próximo curso (si todo va bien) en el máster de Antropología. Quiero seguir estudiando, maldita sea, aunque ahora no sea el momento porque no me sentía capacitada a seguir después del mal trago que me supuso el trabajo de fin de grado.(trago-grado-trago-grado). Quiero dedicarme a lo que he estudiado, escribiendo libros, investigando, llevando a la antropología al lugar que se merece (utopía spoiler) y eso solo lo podré conseguir si me centro y no me disperso como mantequilla untada sobre pan caliente (a lo Bilbo Bolsón). 

Poner en orden mis ideas me parecía fundamental. Dejarlo por escrito también. Quizá ayude a alguien o no. No me importa si esto no lo lee nadie. Pero creo que hoy en día todos estamos demasiado preocupados por compartir lo que hacemos (escribimos en este caso) y que nos lean. Ya no se sabe para quien escribimos, ¿para nosotros mismos? ¿para el vecino? ¿por un like? Recuerdo la Mónica del pasado ingenua, con su blog en el que ponía sandeces y ¡lo feliz que era! Ahora parece que tenemos que vivir adecuando cada palabra, cada gesto, cada respiración a lo que el mundo se supone que espera de nosotros.

Abogo porque cada cual haga lo que más desee internamente. A veces no es fácil discernir qué es sobre todo cuando te gustan demasiadas cosas o no sientes clara una vocación. Tampoco  se trata de ser, sino de estar, de estar en paz, en calma, sin agobios o con los mínimos posibles, disfrutando de todo cuanto venga...

Siento que estoy en un momento trascendente de mi vida, que ni siquiera puedo contar a  nadie por miedo a no saber explicarme o más bien a que no me entiendan. Son las 18:36 creo que me voy a merendar.



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