2016

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**Eternamente joven**


Fuente fotografía: Tom Hussey "Reflections"



Habrá quien piense que tener una apariencia externa juvenil es una ventaja y una maravilla, algo que todas las personas que tienen cierta edad -elevada- querrían tener. Que te echen menos años de los que tienes, que te miren con pasmo cuando dices tu edad real, "No los aparentas" exclaman sorprendidos, que los niños te vean como su compañero ideal para jugar... etc.

A mí la edad no me dice gran cosa. Es una cifra, un número o un par de ellos. Hay quien cree que cuanto mayor es ese número, mayor es la sabiduría y la experiencia y tiene cierta lógica pensar eso, lo de la experiencia digo, porque lo de la sabiduría es mucho suponer. Así, es creencia popular, que cuanto más tiempo transcurre por el cuerpo y la mente de alguien, más sucesos (buenos, malos, peores o mejores) le ocurren y se sobreentiende que se aprende de todos ellos y se gana experiencia de vida, como en un juego de rol, cumplir años es como subir de nivel.

Esta tónica que parece la dominante o la que la mayoría de la gente (la masa como yo le llamo) tiene por cierta, es algo con lo que no estoy de acuerdo. ¡Cómo no! Me encantan las excepciones, soy fan desde hace muchos años, fan de las minorías, del pensamiento propio, de las mentes no pastoreadas y es por ello que puedo pensar (sin despeinarme siquiera) que los años, la edad, los números no traen consigo la experiencia ni la sabiduría. El que haya multitud de casos en los que se cumpla esa expectativa no significa que también ocurra lo contrario. Ambas teorías conviven en un mundo que da demasiada importancia a lo que la edad dice (o cree decir) acerca de cada persona.

Mi pensamiento es distinto. Creo que hay muchos jóvenes (de número) con más experiencia y sabiduría que otras que le duplican, le triplican y hasta le cuatriplican la edad. Personas que en un solo año suben 20 niveles de golpe que no se ven reflejados en su apariencia (a veces sí) ni en su edad real. Y suben de nivel por las circunstancias y acontecimientos que les toca vivir con los que tienen que lidiar y de los cuales van aprendiendo. Otras personas cumplen años y continúan sin aprender nada.

Me he ido alejando un poco de la idea principal de este post, pero era importante dejar clara cual es mi opinión respecto a la edad. Para mí no es vinculante la edad de quien me habla, sino sus hechos, sus acciones, sus palabras, sus pensamientos... Miles de millones de cosas más que nada tienen que ver con ese número que es el resultado de restar el año de nacimiento con el año actual. Son solo números.

Parece que mi opinión no es tan extendida como la de que la edad es la que otorga cualidades y características que los más jóvenes no tienen porque aún son jóvenes: respeto, educación, saber estar, experiencia en la vida... 

Volviendo al hilo inicial, tener una apariencia juvenil a veces no es ninguna ventaja sino todo lo contrario. El porqué ocurre esto, es debido precisamente a que la mayoría de personas piensan de una manera determinada sobre los jóvenes: la que acabo de exponer anteriormente. Me encuentro muchas veces frente a gente que me juzga por mi apariencia, suponiendo que soy más joven de lo que parezco y por ello menos sabia o menos experta.  

El dichoso anuncio de la Lotería de Navidad de este año me ha recordado que cierto maniquí llamado Mack estaba esperando en mi ordenador a que su historia fuese narrada.


Hace muchos años que escribí un pequeño relato sobre un maniquí que perdía la cabeza en un atraco y lo contaba todo desde su perspectiva. Eso fue para una asignatura del instituto pero la idea de escribir sobre algo inanimado que pudiese, ya no hablar, pero sí pensar, nunca abandonó mi mente. Ese relato se fue transformando en una historia cada vez más disparatada: en un diario que el propio maniquí estaba escribiendo (no sé cómo) y se dedicaba a criticar a los humanos.
Luego volvió a cambiar y se iba a convertir en una historia con mucha más trama aunque de igual modo contada por el querido Mack.

Y empecé... Y ahí quedó, acumulando polvo en el archivo del ordenador.
Cuando vi el anuncio de la Lotería y vi los maniquís pensé: ¡Me han robado la idea! Pero la verdad es que el anuncio no tiene nada que ver con lo que yo escribí y lo que pretendía hacer con esa historia.
Ahora que estoy tan animada creyendo que sí se puede terminar lo que se empieza, he retomado el relato y en él ando trasteando.
Quería compartir con vosotros un fragmento.
Aviso a navegantes: esta historia es totalmente ficticia, cualquier parecido con la realidad es simple y pura coincidencia. 
¡Espero que os guste! 




1

Como todas las tardes desde hace muchos años, el reloj de madera, marca las cinco.
Las tres señoras hacen su entrada triunfal en la tienda, acompañadas, como no, por sus pequeños perros que nada más cruzar la puerta corren como locos entre los baúles y jarrones.
Nuestros clientes, en su mayoría señoras, son de la alta sociedad y no quieren dejar a sus animales a la intemperie, aunque estamos en verano. Alguna de ellas ha dicho en más de una ocasión que son animales muy caros y que cualquier desaprensivo ladrón se los llevaría.
Sé que el barrio en el que estamos no les gusta, sólo hay que fijarse en su ceño fruncido cuando vienen pero respetan a Vera y saben que la tienda es muy importante para ella.
Las señoras dicen ser sus amigas pero yo tengo mis dudas.
Me limito a mirarlas desde mi rincón habitual, mientras Vera dispone el té sobre una mesa que, seguramente, vale más que la sesión de peluquería de las tres mujeres.
¿Para qué arreglarse tanto por fuera? Si total están igual de huecas por dentro, se peinen con un cardado o una permanente. A pesar de que las veo todos los días aún no he comprendido que hacen aquí. Toman el té sí, pero nunca compran nada en la tienda. Vera dice que no importa, que ellas hacen correr la voz entre la “élite” del pueblo y los nuevos ricos que últimamente abundan demasiado. Así que Vera tiene que tratarlas bien, porque ella ama a su negocio. Siempre ha vivido en él, desde pequeña.
La recuerdo con no más de tres años correteando entre los valiosos jarrones y su madre reprendiéndola para que no rompiera nada. ¡Qué tiempos aquellos!
Vera ha cuidado de que yo me mantenga en buen estado y luzca lozano, aunque siempre deja que se me acumule un poco de polvo, pues eso me da un aspecto anticuado muy acorde con una tienda de antigüedades, dice.
Muchas ofertas le han hecho en todo este tiempo, cuantiosas sumas de dinero le han ofrecido por mí, pero las ha rechazado una tras otra con su cortesía natural.
No está en venta —repite cuando alguien le pregunta por mi precio —. Es una herencia familiar.
Vera ya no es lo que era, su artritis apenas le deja moverse y camina apoyándose en un bastón. Es una pequeña gran mujer. Su marido, fallecido hace tres años, bromeaba con su estatura comparándola conmigo.
Si hasta ese maniquí es más grande que tú, mírate ¡tienes que subir al taburete para limpiarlo! —Se reía pero no de ella, sino con ella, que es bien distinto—. Anda, deja que yo lo limpie.
Se llama Mack, ¿cuántas veces más he de repetirlo? —protestaba Vera. Ella ha sido quien me ha regalado un nombre. Ese momento fue muy especial.
Vera ha estado conmigo desde que era una niña. En un principio estuve como adorno en su habitación y después en la tienda tras su insistencia para que me colocaran aquí. Recuerdo su pelo rizo ondeando tras de sí cuando corría inocente jugando a cazar mariposas imaginarias.
¡Mira Mack! ¡He atrapado otra! —Se acercaba hasta mí y ponía su mano cerrada frente a mis opacos ojos, luego abría la mano y seguía con la mirada a esa mariposa que solo existía en su fantástica imaginación.
Ahora el pelo de Vera se ha vuelto gris, lo lleva recogido en un moño adornado, como no, con una pinza de mariposa. Para mí, aunque los años le han hecho mucho daño, será siempre la pequeña niña que alegró mis días e hizo más fácil toda mi existencia dentro de este cuerpo de madera.
Si, soy un maniquí. No puedo moverme ni hablar, por más que me pese. Sería un buen orador, lo tengo claro, pero quejarse no conduce a nada, así que me conformo con observar todo lo que ocurre a mi alrededor, que no es poco. Hay historias que escuchar y vidas que ver pasar a través del cristal de la tienda de antigüedades Boulevard 7. 

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