• Reflexiones desde la trascendencia

     


    Me levanté hoy dispuesta a volcar en esta entrada todos los pensamientos enredados que habitan en mi mente. Son las 13:17 del mediodía y lo único que he hecho es un poleo menta (no soy muy fan de las infusiones, pero cuando empieza el frío es la única manera de obligarme a beber agua para no deshidratarme). Todo lo malo es empezar, supongo. El caso es como poner orden en este caos mental (caso-caos-caso-caos) y que se entienda lo que quiero decir. ¿Qué lo entienda quién? Aquel que lo lea, por supuesto. Me preparo para una entrada larga, infinita, ecuménica que seguro no va a leer completa ni el tato y yo tan feliz (si acaso llegas al final, déjame un comentario para saber que estás ahí conmigo). 

    Vengo a contar algo que tiene que ver con la escritura, con todos los proyectos que emprendo y rara vez acabo todo sea dicho de paso. Una sensación que me persigue desde hace unos meses, que no podía comprender y que al fin, tras tiempo de reflexión conmigo misma (mientras friego los cacharros sobre todo ¡abajo el lavavajillas!) puedo intentar echarla fuera cual bola de pelo gatuna. 

    He solicitado audiencia con la Mónica del pasado, aquella que empezó a navegar por los lares de internet ya bien mayorcita. También con la Mónica del futuro. Estas dos no necesariamente tienen que estar adelante o atrás (futuro-pasado) quizá estén solo superpuestas mirándome con sendas caras de bobas y preguntándose: ¿qué estás haciendo con tu vida, Mónica del presente?

    Me siento atrapada, como si alguien estuviese corriendo detrás de mí y yo me esforzase por correr y correr hacia ningún lugar. Sin duda no es más que una metáfora, nadie está corriendo pensando en atraparme (eso espero). No quiero ser un Leonardo di Caprio de la vida escapando de Tom Hanks (Catch me, if you can). Podría achacarse esta reflexión a que he entrado en los treinta y cinco años hace unos días, una buena cifra, pero lo cierto es que este runrun dentro de mí ya viene desde antes. 

    En este año 2020 muchas personas piensan y reflexionan sobre temas en los que antes no reparaban, sobre todo por la pandemia que ahora nos acompaña y que no solo ha modificado nuestras vidas sanitariamente sino también social y culturalmente de una manera cada vez más progresiva. Es un tema que daría para otra entrada igual de extensa que esta. Sin embargo, mi reflexionitis aguda viene conmigo desde hace más tiempo que esta época #covid en la que nos planteamos qué será de nosotros en un futuro no muy lejano. En fin, que lo que quiero decir es que, es tan necesario reflexionar que deberíamos hacerlo todos los días y a todas horas. En la antigüedad, los filósofos salían a la calle a exponer sus pensamientos, sus creencias y extender sus teorías, quien sabe si acertadas o no, al menos comunicaban algo. Hoy, en la era de la comunicación por excelencia o al menos en la era de la accesibilidad a esa comunicación, hemos dejado de pensar. 

    -¿Pero tú no ibas a hablar de escritura y esos menesteres? -pregunta la Mónica del pasado, siempre sonriente.
    Sí, lo que ocurre es que se me mezclan los temas y creía necesario explicar porqué esta entrada tiene el título que tiene. Dicho lo cual puedo proseguir. Ahora son las 18:09 de la tarde. Dejé la entrada a medias, a medias como la mayoría de proyectos que inicio y voy a contar porqué. Verás, desde bien pequeña me han gustado multitud de cosas, a veces ninguna tiene que ver nada con la otra, que si música, que si lectura, que si escritura, que si me pongo a estudiar una carrera a los 26, que si investigación, que si criminología, que si programas de radio, talleres de escritura, lectura, reseñas y recomendaciones, que si instagram, fotografía, viajes, blogs... Podría seguir. El problema no es que me gusten diferentes temáticas o que tenga muchas aficiones ¡qué va! eso es solo una bendición, en mi opinión. El caso es que cuando estoy emprendiendo algo (como mi idea de crear un Océano Literario oh sí, con entrevistas a escritores, reseñas, tesoros y pamplinas) después ese algo se me queda grande, siento terriblemente como si un señor o señora con un látigo invisible estuviese detrás de mí diciendo:

    ¿Has escrito ya algo para el Océano Literario? ¿Has leído el libro? ¿Aún estás así? Hoy no has publicado nada. Las visualizaciones van de culo. Nadie te lee. Estás perdiendo el tiempo. ¿Qué haces que no estás con las cosas del Océano?

    Y quien dice Océano dice cualquier otro asunto. Empecé a preguntarme si realmente lo que estaba haciendo era por gusto o era una obligación. Y sentí esto último.  Algo que me horrorizó demasiado, tanto como para llegar a la destrucción del Océano. Porque sí, aunque nadie me obligaba, yo lo sentía así, como "has creado esto, ahora ponte a trabajar en él". Creí que sería buena idea hacer un sitio más pequeño en donde subir las reseñas de los libros que iba leyendo, pero ¡sorpresa! me ha vuelto a pasar lo mismo. No disfruto leyendo, es como si viviera para el algoritmo. Lo cual me parece descabellado, quiero leer porque me gusta leer. Quiero disfrutar leyendo, no pensando en cómo voy a escribir la próxima reseña. No quiero estar pensando cada vez que leo, quiero poder incursionar en la historia sin buscar errores de trama o de estilo. 

    Llegué a una conclusión muy verdadera: haces demasiadas cosas a la vez Mónica del presente. Y ya saben el dicho: el que mucho abarca poco aprieta. Creo que es tan cierto que no sé como no me lo he tatuado ya en alguna parte del cuerpo. Editando una novela, haciendo un curso de corrección de no sé qué y esperando por otro de desarrollo de videojuegos (¡ya ves!), pensando en crear un blog de antropología, proyectos de investigación, meterme en el nanowrimo con una historia sin preparar, gestionar el twitter, el facebook, el instagram y no solo los míos sino los de una banda de música... Tocar el piano, aprender a componer canciones, hacer un taller de escritura gratuito para escritores, publicar el libro de marketing, montar una antología de alguna temática en particular, escribir una novela en gallego, escribir post para la web principal (esta) cuidar de la casa, del gato, hacer la compra, cuidar del novio,  descansar... 

    Está claro que lo que no he sabido hacer en toda la vida es organizarme. Siempre maravillada por como otras personas conseguían finalizar lo que empezaban o podían estar haciendo una única cosa al mismo tiempo y tan felices. Antes, y si no que lo diga la Mónica del pasado aquí presente, pensaba que no podía hacer solo una cosa sin aburrirme, es decir, creía que si me ponía solo a editar (por ejemplo) me iba a amargar y no podría continuar adelante. Hoy día, serán los 35, creo que lo mejor que se puede hacer es acabar una cosa y luego comenzar con la otra. No dudo de que se puedan gestionar varios asuntos al mismo tiempo y que se llegue a ser productivo, pero en mi caso he llegado a un punto de saturación tal que me he tenido que replantear: ¿qué demonios estás haciendo con tu vida?

    Con la Mónica del futuro tuve la charla más seria. He estudiado una carrera y me he graduado, mi intención principal es descansar este curso de los estudios, en la medida de lo posible, y matricularme el próximo curso (si todo va bien) en el máster de Antropología. Quiero seguir estudiando, maldita sea, aunque ahora no sea el momento porque no me sentía capacitada a seguir después del mal trago que me supuso el trabajo de fin de grado.(trago-grado-trago-grado). Quiero dedicarme a lo que he estudiado, escribiendo libros, investigando, llevando a la antropología al lugar que se merece (utopía spoiler) y eso solo lo podré conseguir si me centro y no me disperso como mantequilla untada sobre pan caliente (a lo Bilbo Bolsón). 

    Poner en orden mis ideas me parecía fundamental. Dejarlo por escrito también. Quizá ayude a alguien o no. No me importa si esto no lo lee nadie. Pero creo que hoy en día todos estamos demasiado preocupados por compartir lo que hacemos (escribimos en este caso) y que nos lean. Ya no se sabe para quien escribimos, ¿para nosotros mismos? ¿para el vecino? ¿por un like? Recuerdo la Mónica del pasado ingenua, con su blog en el que ponía sandeces y ¡lo feliz que era! Ahora parece que tenemos que vivir adecuando cada palabra, cada gesto, cada respiración a lo que el mundo se supone que espera de nosotros.

    Abogo porque cada cual haga lo que más desee internamente. A veces no es fácil discernir qué es sobre todo cuando te gustan demasiadas cosas o no sientes clara una vocación. Tampoco  se trata de ser, sino de estar, de estar en paz, en calma, sin agobios o con los mínimos posibles, disfrutando de todo cuanto venga...

    Siento que estoy en un momento trascendente de mi vida, que ni siquiera puedo contar a  nadie por miedo a no saber explicarme o más bien a que no me entiendan. Son las 18:36 creo que me voy a merendar.



  • 2 comentarios:

    1. Estoy contigo, haz lo que quieras y te apetezca en cada momento, y disfrútalo 🥰🥰🥰🥰

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    2. ¡Leída! Creo que estamos saturados, y más en este año, y a veces tendemos a querer "profesionalizar" toda afición, cuando a veces, sólo debemos disfrutarlas.

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    Cantando, llorando pidieron las voces
    al niño que sonríe con ojos ancianos.
    Retuerce el destino entre fuego y agua,
    bríndanos la luz de lágrimas rojas.

    Coda de los Sueños, Canto XIX
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